21 noviembre 2010

Fedra de Séneca

Publicado por Grupo Asobe

Análisis del comportamiento de Fedra y su escala de valores

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Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”

- Francisco de Quevedo y Villegas -

          El conflicto en la obra es doble; el primer aspecto se manifestará entre Fedra y su hijastro Hipólito a través de las divergencias de sus intereses y valores; el segundo, se desarrollará en el interior de la protagonista quien, víctima de una pasión desmesurada, lucha para no sucumbir ante ella.
          Fedra, predestinada por los errores de su ascendencia (el linaje del Sol), se reconoce víctima de un nuevo mal:

Fedra - ¿A dónde quieres ir alma mía? ¿Por qué te has enamorado del bosque en tu locura? Reconozco la desgracia fatídica de mi pobre madre […] Con su odio a la estirpe del sol aborrecido, Venus venga a través de nosotros las cadenas de su amante Marte y las suyas propias; de nefandos oprobios carga a toda la descendencia de Febo. Ninguna hija de Minos ha conseguido un amor apacible; se le une siempre la impiedad.
(Acto I)

         Se evidencia la conciencia que tiene de ser presa de un amor monstruoso e impúdico y se reconoce incapaz de luchar contra la pesada carga de una estirpe pecaminosa.
        Asimismo, Fedra pregunta a su alma sobre el camino que ha elegido, señal de la falta de control sobre sus sentimientos.
        Reconociendo, la nodriza, el mal que se avecina, aconseja y reprende a la desenfrenada Fedra.

Nodriza – Lo primero es querer la honestidad y no resbalar de ese camino, un segundo grado de pudor es conocer la medida en el pecado ¿A dónde desgraciada de diriges? ¿Por qué haces aún más grave la infamia de tu casa y superas a tu madre?
Fedra – Lo que estás recordando sé que es verdad, nodriza, pero mi loca pasión me fuerza a seguir el peor camino.
(Acto I)

         La honestidad y el pudor son aspectos paradigmáticos que la mujer de la época debe respectar. Fedra reconoce la importancia de estas virtudes, pero es un impulso el que la domina, así se precita hacia su perdición.
         Todos estos fragmentos muestran a una mujer consciente del deber, pero sujeta a los impulsos que la llevarán al castigo mismo de su consciencia y de los dioses.
Este debatirse entre ratio y furor es el conflicto central, entre ellos deberá elegir constantemente.

Fedra - ¿Qué va a poder la razón? Ha vencido y reina la locura y un poderoso dios domina en todo mi espíritu […] El reino del amor lo considero yo en mí por encima de todo y no tengo miedo de ningún regreso.
(Acto I)

         De esta manera, ya ha realizado su primera elección y hace una consideración muy importante: el amor como locura. Esta manifestación reviste dicho sentimiento con características de una enfermedad mental.  Dicho aspecto del amor ya anticipa el ir contra la propia naturaleza e incluso en contra de las leyes divinas.
         En primer término, transfiere su culpabilidad mostrándose sujeta a una enfermedad psíquica (locura) y a la voluntad del dios Cupido, como dominante de su propia voluntad.
         Sin embargo, en segundo término (lo cual muestra su debate interno) manifiesta considerar al amor como prioridad en su escala de valores. De esta manera, se sabe igualmente culpable y hasta adquiere cierto coraje en defensa de sus sentimientos.
         En contraposición a la escala de valores de Fedra, hallamos a Hipólito que, de la misma manera, de una definición de la mujer, dentro de cual se puede hallar a la protagonista:

Hipólito – No hay otra vida más libre y más limpia de vicio y que mejor respete las antiguas costumbres que aquella que, dejando atrás las murallas, se complace en los bosques […] Rompieron este pacto la impía locura del lucro y la ira sin freno y la pasión que arrastre las almas con su fuego […] Pero el caudillo de los males, la mujer: esta urdidora de crímenes asedia los espíritus.
(Acto II)

         Por otro lado, el conflicto que se desencadena en su fuero interno, la llevará a fluctuaciones anímicas que terminarán condicionándola, determinando su discernimiento y elecciones. De tal manera, manifiesta:

Fedra – […] no ha desaparecido de mi noble alma todo pudor. Te hago caso, nodriza. Este amor que no quiere ser gobernado, ¡sea derrotado! Honra mía, no consentiré que te manches. Éste es el único medio, la única escapada de mi desgracia: seguiré a mi hombre, con mi muerte adelantaré a la impiedad […] ¿Con un lazo pondré fin a mi vida o me echará sobre una espada? ¿Careé tirándome de cabeza desde la ciudadela de Palas?
(Acto I)

          Cierto remordimiento florece en ella, propiciado por las palabras de su nodriza. Considera que la falta de control sobre sí misma sólo puede remediarse mediante su muerte. La salvación de su honra significará la pérdida de su vida.
          Finalmente, confiesa su amor a Hipólito, medida desesperada por hallar otro remedio que de fin a su padecimiento:

Fedra - ¡Aquí me tienes! Suplicante yace postrada a tus rodillas la descendencia de una casa real. Sin haber sido salpicada por ninguna mancha, intacta, sólo cambio por ti. Bien decidida, me he rebajado hasta la súplica; fin pondrá a mi dolor o a mi vida este día. Ten piedad de una enamorada.
(Acto II)

         Fedra conmueve con su súplica, y la razón de ello radica en el sentido que conlleva el postrarse una “casa real” ante el dominio del amor, y sacrificar la honra por una decisión irracional. Así, pide piedad a su amado, pide un remedio a su mal.

Fedra – Hipólito, ahora estás poniendo en mis manos lo que yo deseaba; estás curando mi locura. Es esto más de lo que yo pedía: morir, dejando a salvo mi pudor, a manos tuyas.
(Acto II)

          Hipólito intentará asesinarla a causa de su hybris, pero ella, cegada, enferma, desesperada, verá en ese intento una cura: morir, a manos del amado, rescatando la honra que ella misma no puede proteger. Pero él, quien fue destinatario de su amor y quien pudiera darle fin, decide castigarla dejándola con vida, para que finalmente vea la muerte de su amor materializada en su amado.
          Fedra peca, no una, sino varias veces; mentirá a su marido atribuyendo a Hipólito la desmesura que fue de ella. Sin embargo, en este engaño, sin darse cuenta, dictará su propia sentencia diciendo “Este ultraje a mi pudor lo lavará mi sangre” (Acto III).
          Fedra, padecerá el derrumbe de su amor simbolizado en la muerte de Hipólito. Ella misma es la urdidora de su amor y de su desgracia.

Fedra - ¡Ay de mí!, ¿a dónde ha huido tu belleza y los ojos que eran mi estrella? ¿Yaces sin vida? Ven un momento y escucha mis palabras. No voy a decir nada impúdico: con esta mano voy a pagarte el castigo y voy a hundir el hierro infame, voy a dejar a Fedra sin vida y a la vez sin culpa, y a ti por las olas y los lagos del Tártaro, por la Éstige, por los ríos de fuego voy a seguirte enloquecida.
(Acto III)

          Fedra sufre, reconoce finalmente su culpa. Su suicidio será la paga por los males cometidos. Sin embargo, su amor no se rinde; seguirá a Hipólito más allá de la muerte. Su intento de salvación significará la pérdida de su vida.

Envíado por Bequi, M. Belén